Desde 1938, cada 7 de junio se celebra el Día del Periodista y, desde hace 11 años, unos días antes se conmemora el movimiento “Ni Una Menos” mediante movilizaciones que convocan multitudes que protestan contra la violencia machista.
La primera de estas tuvo lugar en 2015, se replicó a nivel nacional y el propósito entonces fue reclamar políticas efectivas para proteger a mujeres y diversidades. Actualmente, más de una década después, el pedido sigue vigente; mientras que cada 31 horas muere otra mujer en el país.
Aquella marcha fue impulsada de manera autoconvocada por un grupo de artistas, escritoras y periodistas tras el femicidio de Chiara Páez. Y en tiempos donde se vapulea esta y tantas profesiones; donde se pondera la labor artificial, el poder humano lograr imponerse y el papel del comunicador se resignifica, mediante acciones que trascienden las tareas cotidianas.
Informar, desde una perspectiva crítica; cuestionar, suscitando el debate; interpelar para concientizar es urgente cuando todo se vuelve efímero. Porque el periodismo no sólo registra el presente: también construye memoria y desde su origen hasta hoy, su objetivo es el mismo.
Nombrar a las víctimas, reconstruir sus vidas y evitar que queden reducidas a una cifra es una forma de resistencia frente al olvido. En ese sentido, el rol de las periodistas trasciende la cobertura de los hechos; implica sostener en la agenda pública aquello que aún espera respuestas como también dar lugar a quienes fueron relegadas.
Contar sus historias es impedir que desaparezcan dos veces: primero por la violencia y después por el olvido. A once años del primer Ni Una Menos, el desafío continúa siendo el mismo: alzar la voz cuando otros intentan silenciarla.





