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Frankenstein (2025): el sueño más oscuro y luminoso de Guillermo del Toro

Guillermo del Toro presenta Frankenstein (2025), su versión más personal y ambiciosa del clásico de Mary Shelley. Con Oscar Isaac y Jacob Elordi, el film combina belleza visual, tragedia y reflexión sobre la humanidad. Una crítica de opinión sobre la película más esperada del año.

Mía Theiler·11 de nov de 2025
Frankenstein (2025): el sueño más oscuro y luminoso de Guillermo del Toro

Guillermo del Toro llevaba más de dos décadas soñando con filmar Frankenstein. Lo dijo infinidad de veces: no hay historia que lo haya marcado más. Y se nota. Su nueva película no solo es una adaptación del clásico de Mary Shelley, sino una declaración de amor a todo su universo cinematográfico: los monstruos como espejos del alma, la belleza de lo imperfecto, la tragedia del creador enfrentado a su propia obra.

Desde la primera secuencia —una tormenta que parece esculpida por Goya— el film impone su tono. Es gótico, poético, inmenso. Oscar Isaac encarna a Víctor Frankenstein con una intensidad que roza lo enfermizo; su obsesión con la inmortalidad lo arrastra a la ruina moral. Jacob Elordi, en el papel de la Criatura, ofrece una interpretación conmovedora: frágil y brutal, inocente y feroz, con una humanidad que trasciende el maquillaje. Juntos, encarnan la pregunta eterna de Shelley: ¿qué es lo que realmente nos hace humanos?

Oscar Isaac da vida a
Oscar Isaac da vida a Víctor Frankenstein

Visualmente, Frankenstein es una experiencia apabullante. La fotografía de Dan Laustsen —colaborador habitual de Del Toro— se mueve entre la penumbra y la luz, entre el hielo del Ártico y los rojos saturados de los laboratorios. Cada plano parece una pintura viva. El diseño de producción recrea la Europa del siglo XIX con un nivel de detalle que roza lo obsesivo. Es, sin dudas, una de las películas más visualmente impresionantes del año.

Sin embargo, esa perfección es también su límite. Del Toro, fiel a su estilo, apuesta por la grandilocuencia emocional y simbólica. En algunos momentos, la belleza visual y la carga poética sofocan la narrativa: uno se deja llevar por la estética y corre el riesgo de olvidar el pulso dramático. Hay secuencias que parecen más pensadas para ser contempladas que sentidas. El espectador asiste a un espectáculo sublime, pero también distante.

Aun así, hay momentos de una sensibilidad brutal. La escena en la que la Criatura observa por primera vez su reflejo —y se reconoce como aberración y milagro— es puro Del Toro: el monstruo que no quiere venganza, sino comprensión. En ese instante, el director nos recuerda por qué amamos sus películas: porque entiende que lo monstruoso no se vence con miedo, sino con empatía.

Jacob Elordi interpreta a la
Jacob Elordi interpreta a la criatura en Frankenstein

Las críticas internacionales coinciden en su ambivalencia. Ovacionada en Venecia, aplaudida por su factura técnica y por la química entre Elordi e Isaac, también fue señalada por su exceso: “Una obra maestra agotadora”, escribieron algunos. Y quizá esa sea la definición más justa. Porque Frankenstein no busca complacer; exige entrega total, una disposición casi religiosa para enfrentarse a lo sublime.

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En última instancia, Del Toro parece hablarnos a través de su criatura: crear es amar, pero también condenarse. En su afán por alcanzar lo perfecto, su Frankenstein roza el peligro de ser devorado por su propia magnificencia. Sin embargo, incluso en sus excesos, hay algo profundamente humano: la búsqueda desesperada de sentido en un mundo que teme a lo que no comprende.

Del Toro no solo filmó su versión definitiva del mito. Filmó su propio reflejo. Y en esa dualidad —la del artista que da vida a su monstruo— radica la verdadera potencia de esta película: Frankenstein no es solo una historia de horror, sino una plegaria visual sobre lo que significa ser creador, criatura y, finalmente, humano.

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