Un estudio clínico sin precedentes en Argentina aportó evidencia robusta sobre la eficacia y seguridad del cannabidiol (CBD) en el tratamiento de epilepsias refractarias en niños y adolescentes. La investigación, que siguió durante tres años a 551 pacientes menores de 16 años, mostró que la mitad redujo sus crisis en más de un 50% y que el 14,2% quedó libre de convulsiones.
El trabajo fue realizado por neurólogos de una decena de centros médicos especializados de la Ciudad de Buenos Aires y de siete provincias, y se publicó recientemente en la revista científica internacional Epilepsy & Behavior, una de las más prestigiosas del área.
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El 50% de los pacientes redujo sus crisis epilépticas en más de un 50% y el 14,2% quedó libre de convulsiones.
Evidencia clínica de largo plazo
El seguimiento estuvo a cargo de equipos especializados en epilepsias resistentes, una condición que afecta a un subgrupo de pacientes que no responde a los tratamientos antiepilépticos convencionales. Según datos epidemiológicos, alrededor del 1% de los niños desarrollará epilepsia en algún momento de su vida, pero una proporción menor presenta formas severas y de difícil control.
El doctor Roberto Horacio Caraballo, consultor honorario del Hospital Garrahan e investigador principal del Conicet, explicó que todos los pacientes recibieron cannabidiol farmacéutico altamente purificado, elaborado bajo estándares de calidad equivalentes a los de cualquier medicamento.
“Los resultados que recopilamos fueron significativos y positivos. No solo observamos una reducción importante de las crisis, sino también una mejora clara en la calidad de vida”, señaló el especialista.
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El estudio argentino es el más amplio realizado en población pediátrica con epilepsias resistentes y seguimiento a tres años.
Resultados que marcan un punto de inflexión
Además de la reducción de convulsiones, el estudio mostró que casi el 70% de los pacientes que respondieron al tratamiento pudo disminuir el uso de otras medicaciones antiepilépticas, un dato relevante si se considera la carga de efectos adversos que suelen implicar esos fármacos.
El medicamento utilizado fue convupidiol, producido por el laboratorio argentino Alef Medical, y se administró incluso en bebés de pocos meses de vida, sin que se registraran efectos secundarios graves o persistentes.



