Durante las vacaciones de verano, las pantallas suelen ocupar un lugar central en la vida cotidiana de niñas y niños. Con menos horarios y más tiempo libre, muchas familias se enfrentan a una pregunta recurrente: ¿cómo acompañar el uso de la tecnología sin convertirla en un problema?
Para Laura Krochik, especialista en crianza y vínculos, la respuesta no está en los extremos. “Las pantallas no son buenas ni malas en sí mismas. Lo que importa es cómo, cuándo y para qué se usan, y qué lugar ocupan dentro del vínculo”, explica.
Vacaciones: una oportunidad para revisar hábitos
El receso escolar deja al descubierto dinámicas que durante el año quedan ordenadas por la escuela. Lejos de ser una amenaza, Krochik plantea que este tiempo puede convertirse en una oportunidad para revisar acuerdos y observar cómo circula la tecnología en la vida familiar. “La crianza digital no se trata de controlar dispositivos, sino de acompañar procesos”, señala.
Acompañar implica diálogo, interés genuino y presencia. Preguntar qué miran, qué juegan o con quién interactúan es más efectivo que vigilar en silencio. “Acompañar no es vigilar. Cuando los adultos controlan sin hablar, suelen generar uso oculto y conflictos innecesarios”, advierte.
El ejemplo adulto también educa
Uno de los puntos centrales es el rol de los adultos como modelo. Los chicos no solo escuchan lo que se dice sobre límites: observan cómo los adultos usan sus propias pantallas. Si se pide atención mientras se responde un mensaje o se habla de regulación sin revisar hábitos propios, el mensaje pierde coherencia.
Las vacaciones, dice Krochik, funcionan como un espejo incómodo pero honesto. Revelan cuánto usamos la tecnología para regular el cansancio, el aburrimiento o el estrés. “Criar también es revisar nuestras prácticas, no solo las de nuestros hijos”, subraya.
Desde organismos como UNICEF y la OMS coinciden en la importancia de equilibrar el tiempo de pantalla con juego libre, movimiento, descanso y sueño adecuado. El problema no es la tecnología en sí, sino cuando se convierte en la única respuesta al aburrimiento o a la falta de disponibilidad adulta.



