En un mundo que todavía celebra la delgadez como ideal, muchas mujeres pueden sentir que “estar flaca” es suficiente para estar sanas. Sin embargo, cada vez más especialistas advierten que detrás de un peso normal puede esconderse un metabolismo alterado —e incluso riesgos similares a los de la obesidad— si la composición corporal no está equilibrada. La proporción entre grasa y músculo se convirtió en la nueva variable clave para entender la salud femenina moderna.
Durante mucho tiempo, el Índice de Masa Corporal (IMC) fue la medida reina para evaluar el estado físico. Pero hoy, tanto nutricionistas como endocrinólogos coinciden en que esa ecuación entre peso y altura se quedó corta: no distingue entre músculo, grasa ni la manera en que esos tejidos se distribuyen en el cuerpo. Y allí radica un punto clave para las mujeres, que suelen transitar cambios hormonales y metabólicos que impactan directamente en esa composición.
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La presencia de grasa visceral, esa que se acumula alrededor de los órganos, tiene un rol determinante. Aunque no siempre se ve, es metabólicamente activa y está asociada a resistencia a la insulina, inflamación crónica y riesgo cardiovascular. Esto puede dar lugar a un fenómeno cada vez más estudiado: el “peso normal metabólicamente obeso”, donde una mujer puede verse delgada pero presentar parámetros metabólicos similares a los de la obesidad.
La endocrinóloga Dra. Cecilia Solís-Rosas García, miembro del Consejo Consultor de Nutrición de Herbalife, lo explica con claridad: “El aumento de la grasa visceral se relaciona con el consumo elevado de azúcares y grasas, pero también con la falta de actividad física. Incluso si el peso total se mantiene dentro de los rangos normales, el metabolismo puede complicarse”.
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Los estudios internacionales acompañan esta advertencia. Publicaciones recientes del European Heart Journal y del Journal of Cachexia, Sarcopenia and Muscle señalan que muchas personas clasificadas como “normopeso” según el IMC poseen un porcentaje de grasa elevado y una masa muscular insuficiente. Para las mujeres —en quienes la sarcopenia puede acelerarse por sedentarismo, estrés y cambios hormonales— esto implica mayor riesgo de diabetes, hipertensión, problemas cardíacos e incluso mayor probabilidad de caídas y fracturas.
Entonces, ¿qué deberíamos mirar realmente? La respuesta es clara: la composición corporal. Y modificarla no depende de dietas extremas, sino de hábitos sostenibles.
Claves para cuidar la composición corporal
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Elegir una alimentación equilibrada y rica en nutrientes, priorizando proteínas, vitaminas, calcio y minerales que favorezcan la masa muscular.
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Moverse de manera regular: al menos 150 a 300 minutos semanales de actividad física, más allá del número en la balanza.
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Gestionar el estrés, un factor que altera hormonas que influyen en la grasa visceral.
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Dormir entre 7 y 9 horas de calidad, fundamental para el metabolismo.
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Monitorear la composición corporal con herramientas como balanzas de bioimpedancia y, sobre todo, acompañamiento profesional.
El mensaje es simple pero poderoso: no se trata de ser delgada, sino de ser fuerte, equilibrada y saludable. Un enfoque que invita a repensar el vínculo con el cuerpo y con la manera en que medimos nuestro bienestar.




